Crónica desde Roma
He tenido la oportunidad de estar presente en la Ceremonia de Beatificación de los 498 mártires del siglo XX en España. La verdad que ha sido un momento especial y emocionante, primero al entrar en la Plaza de San Pedro y ver tanta bandera espanola, (es que echo de menos a la madre patria), pero lo más importante era saber que todos los que estábamos allí reunidos era por todas estos mártires que han dado su vida y que no han tenido miedo de dar su vida y ser testimonio de Cristo aquí en la tierra.
Resaltar de la Homilia del Cardenal José Saraiva Martins -Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos- que ha sido el que ha presidido la Celebracion :
Este grupo tan numeroso de beatos manifestaron hasta el martirio su amor a Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia Católica y su intercesión ante Dios por todo el mundo. Antes de morir perdonaron a quienes les perseguían, es más, rezaron por ellos.
Se ha elegido como lema para esta beatificación unas palabras del Señor recogidas en el Evangelio de San Mateo: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14). Y esa luz se refleja a lo largo de los siglos en el rostro de la Iglesia y hoy, de manera especial, resplandece en los mártires cuya memoria estamos celebrando. Jesucristo es la luz del mundo (Jn 1, 5-9).
Los mártires no consiguieron la gloria sólo para sí mismos. Su sangre, que empapó la tierra, fue riego que produjo fecundidad y abundancia de frutos. Así lo expresaba, invitándonos a conservar la memoria de los mártires, el Santo Padre Juan Pablo II en uno de sus discursos: «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por confesar la fe, el tiempo presente, con sus proyectos y sus ideales, perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito en la historia».
Los mártires se comportaron como buenos cristianos y, llegado el momento, no dudaron en ofrendar su vida de una vez, con el grito de «¡Viva Cristo Rey!» en los labios.
El mensaje de los mártires es un mensaje de fe y de amor. Debemos examinarnos con valentía, y hacer propósitos concretos, para descubrir si esa fe y ese amor se manifiestan heroicamente en nuestra vida.